Los peces de Pi

Día 12

Lat 17º 08.292′ S
Long 96º 05.119′ W

No había amanecido aún y un gran grupo de peces voladores que migraban a toda velocidad, transversalmente al barco, se debió de asustar cuando vio el casco y muchos chocaron contra él. Yo, en popa, escuché el aleteo y fui a socorrerlos. Tienen segundos de vida antes de morir.

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Supongo que el impacto contra el barco cuando vuelan también los deja ko. Intenté agarrar uno, son viscosos y sus escamas azules y blancas preciosas y redondas se caen y dejan mi mano apestosa. Lo tiré al agua, en la que quedó boca arriba hasta que lo perdí de vista con la luz del frontal. Espero se recuperase, porque al amanecer encontré otros cinco muertos y secos por la cubierta del Zanzíbar.

Uno de ellos estaba justo en el borde del imbornal, a punto de tirarse y haberse salvado.
¿Qué decide cuantas vidas simples y aparentemente sin importancia se acaban en cada segundo de este planeta?
¿Qué nos diferencia de ellos?
¿Por qué nuestras vidas son tan infinitamente más valiosas que las de cualquiera de estos peces que vuelan, o de los que mueren a millones cada día para alimentarnos?
¿Por qué tanto drama por que un humano muera?

Qué alimento tan fácil para un náufrago, como Pi.

* * *

Día 13

El clima en el barco mejora. Cogemos confianza. Lo pasamos bien. Es como haberme metido en un apartamento con unos desconocidos sin salir nunca de casa. ¿Qué estará pasando en el mundo?

La mañana de las ballenas

Día 11

Estoy con turnos de amanecer. Amanece como una hora más tarde que hace diez días, por nuestro movimiento longitud oeste: estamos a unas 1300 mn de la costa, que debe ser peruana y no chilena.

Poco después de que empezase a clarear, cuando empiezan a verse las velas, he oído respiraciones de ballenas. Poco después, había cientos de ellas, por todas partes, en la dirección del viento y la corriente, adelantándonos lentamente. A veces juraría que podía oírlas. Mierda, no tengo hidromicrófonos.

Una jóven jugó a darse la vuelta junto a la amura de estribor, casi tocando.

Sólo alcanzo a verles la cabeza y la espalda en su proceso de respiración. Son enormes y negras, inofensivas, aunque no me extraña que asustaran a antiguos marinos y generasen leyendas expansivas. El sol destelleaba entre nubes al salir, la superficie del océano era un espejo roto y flexible. Las pequeñas nubes que nos adelantaban desde sus bajas presiones, con rachas inesperadas que a veces obligan a arriar alguna vela, eran de cuento. Con sus lluvias diagonales debajo y enmarcadas en naranja.

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Como son puntos de humedad en la distancia sobre el mar, a veces se transforman en un corto y ancho arco iris entre el mar y la nube. Hay muchos arcos iris en el pacífico.

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A las ballenas no les gustan las cámaras. La saco y desaparecen, no he podido enganchar ni una. Las ballenas, he aprendido esta mañana, son de esas cosas que se hicieron para los ojos; guardé la cámara y disfruté feliz del momento, con el piloto automático.

Días 4-10

Bitácora pacífico. 15 junio 2015

Día 4

A la altura del norte de Chile. El viento ya ha empezado a bajar de ángulo y al final de mi turno TWD (dirección real del viento) es 165º. Con el barco (ya tenemos rumbo noroeste), 150º por babor (AWA). Estamos con orejas de burro, la vela mayor está izada con un rizo, la génova recortada y entangonada a babor y la trinqueta a estribor, con la mayor.

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Hemos sujetado la botavara a proa con un preventer para que no golpee con los movimientos de ola, y para evitar trasluchadas accidentales. Seguimos con mar de fondo. Esta configuración de las velas es preciosa.

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La bitácora del pacífico

Zanzíbar ya no es el nombre de un lugar en África. Ahora es el barco que me sacó de América hacia el pacífico, a vela, un enorme sloop de 105 pies que ya presenté en su momento al partir.

Con esta suerte me parece que cada vez navego en veleros más grandes. El superyate Zanzíbar me hizo reírme en mi camarote cuando ví sus lujos e instrumentación, el tamaño de su mástil, de unos 40 metros, el tamaño de la vela mayor. Capitán y tripulación argentinos (solo tres, conmigo cuatro), necesitan tripulantes para llevarlo a las Marquesas, en Polinesia, donde se encuentran con el dueño del yate, que vuela a su retiro y vacaciones. Esto es común en superyates.

Tras días de buena onda en Valdívia, aprovisionamiento, espera de paquetes y equipo, reparaciones y puesta a punto, frías noches, hacer diesel, sociales con los demás yachties que se van por temporada y una cena grupal, zarpamos.

Nos esperan 25 días de travesía, sin ver tierra, ni tan siquiera un barco. La travesía más larga en la actualidad, teniendo en cuenta la tecnología disponible; la mayor distancia que puede hacerse hoy sin paradas, en la inmensidad más grande de agua del planeta, un cuarto del mismo. Cerca de 5000 millas naúticas, con el arco que describiremos, norte, noroeste, oeste.

Precisamente este año es el Niño: Fenómenos meteorológicos impredecibles y cosas extrañas en el mar y las temporadas. En fin, vamos allá.

Haciendo diesel en un río de Valdívia

Haciendo diesel en un río de Valdívia. Si, la quilla es retráctil.

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Yelcho y la austral

7 de Mayo de 2015

No podía dejar de asistir al espectáculo de Yelcho, en plena carretera austral: allí me esperaban, como mis amigos, los amigos de un familiar que frecuenta el lugar. Yelcho era, cuando nos conocimos, un lago solitario, tímido, sombrío, cubierto por tinieblas y rayos de sol impotentes, como hechizado en algún cuento de hadas. Los bosques en sus orillas no tienen desperdicio, solo árboles gigantes y viejos, y sus generosas aguas hacen de él uno de los mejores destinos de pesca del mundo. Pasaba la luna llena 26 de mi viaje, el viento rizaba las olas y el otoño ya mordía los picos cercanos con nieves jóvenes que se amontonaban sobre curiosas laderas rojizas, abajo verdes.

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Al lugar se añadía el buen trato que me dieron en aquel magnífico hospedaje de sus orillas. Y no recuerdo el nombre de aquel perro-guía que tenían, pero se entregaba a los visitantes como si trabajase en el lugar, y nos acompañó a nuestras excursiones a kilómetros de distancia, enseñándonos el camino y esperándonos. Sigue leyendo

La pensión

La sombra de la jubilación, la amenaza oscura de la sociedad.

Dinero para morir. Dinero para morir viviendo lo que no has vivido en tu vida cuando te tocaba vivirlo. Para un crucero de 12 cubiertas y piscina. Dinero cuando ya no lo quieres, cuando no lo necesitas, cuando probablemente lo guardes por una necesidad de guardar que, no se sabe cómo, se ha quedado en tí después de una vida guardando; guardando lo que te han ordenado guardar o haciendo lo que te han ordenado hacer para que no seas un problema del estado en el futuro. O para que consumas en el futuro, hasta tus últimos días.

Así hay gente que piensa que es terrible, que tiene miedo de la carencia o dependencia en la tercera edad, y actúan ciegamente, creen estar seguros de lo que quieren. Pero lo que temen es la carencia o pobreza material; si en su lugar, fuese guiados a desarrollar la riqueza interior, donde los bienes materiales pasan desapercibidos, o no son necesarios, ¿qué miedo?
Tenemos toda una vida para construir una casa donde cultivar, enriquecernos y morir, independientes.

Vivir la vida y morir pobre, o vivir pobre y morir rico.

Esa, parece ser, es la cuestión. Como decía Jesucristo, ‘el que tenga oídos, que oiga’.

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Discúlpenme la gallardía, la crueldad, el realismo; los ofendidos, los cotizantes y pensionistas, perdónenme por lo categórico y lo revolucionario. Soy consciente de la compatibilidad entre trabajar o ‘ahorrar’ toda la vida y ser a la vez rico interiormente.

Viajando por mis edades

Septiembre 2015

Parece ser que por algún favor de nuestra naturaleza, quizás por una reacción química del hipotálamo, a partir de los 60 uno empieza a tener de sí mismo una idea más romántica; qué estupendo tipo era uno. Abuelos sonrientes y pillines lo demuestran con un simple guiño de ojo, o cuando hablan de algun romance o travesura. Incluso en los fracasos debe encontrarse un encanto especial a esa edad. Este pensamiento me hace apostar por ello con viveza, por las sonrisas de la jubilación, o mejor dicho, de la edad: el viaje es mi as de picas.

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Este oceáno pacífico estará en los momentos en que abrí mis ojos, entornados por el sol, rectos, frente a su viento. Lo ví después de luchar contra el mar, y yo era joven y él me miraba.

Y me sentí importante por ello, más allá de afortunado me sentí importante, pues el pacífico era mío y me miraba a mí y me mostraba a mí sus secretos; una sensación parecida a la que tenía cuando iba a la plaza Anaya de Salamanca en mitad de la noche, o por los tejados de la catedral cuando la andamiaron para restaurarla, y por al menos media hora eran míos, ningún otro estudiante de miles se cruzaba con las escaleras de Anaya ni sus jardines, ni se acercaba por allí. Dormían, y yo estaba despierto, como lo estoy mientras viajo en yomelargo.

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De este océano, todo lo que quedará será un momento de fortaleza, de romanticismo y de juventud. El mar, fuerte y bueno, salado y amargo. ¿Pero qué es lo que brilla aquí ahora? ¿Es el pacífico, o es la juventud?
¿Conseguiré cosas en la vida? ¿Tendré amor, dinero, cosas terrenales? Reconocimiento, amistades, una casa, una pensión, lo que sea.
Pero, ¿no es mejor no tener nada en la juventud?

Cuando mi rostro esté marcado por el trabajo, las decepciones, el éxito, el amor, la aceptación de que la vida no es lo que uno quiso o esperó, y aunque mis ojos vidriosos y antiguos, sin ese brillo, sigan buscando ansiosamente algo de la vida que ya se ha ido sin ser visto, como la fuerza, la fantasía de las ilusiones y la juventud, aunque sepa que cometí errores e hice el ridículo, aunque sufro en muchos momentos, pensaré que yo me largué, y si no sonrío senil y espontáneamente, que me aspen.

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Motivaciones y créditos a Joseph Conrad