Whangamomona a Taranaki

31 octubre 2015

Hay una carretera en el oeste de la isla norte que es digna de una historia. Tras rodear y observar Mordor por el este, sur y oeste, me la encontré tras pasar un pueblo de esos de calle principal para atravesarlo con todos los negocios en ella, banco, iglesia y panadería, en realidad son las versiones evolucionadas de aquellos pueblos ingleses del oeste, de pistoleros, con suelo de tierra y mesones con puertas simétricas de empujar. Y esas extrañas bolas de ramas rodando por el suelo con el viento.

La hice con unos franceses que hacían el tour clásico con dos furgonetas-casa. Tuvimos buena onda en un camping del primer pueblo de la rutita y como en Nueva Zelanda se nos contagia a todos el ser buena gente de los locales pues me acogieron en el grupo para recorrerla hasta su final, el monte Taranaki, otro protagonista del paisaje kiwi. Las estampas de la carretera nuestra primera mañana juntos, con la alegría de la furgoneta y la música, prados verdes y algunos esbozos primaverales y vacas perfectas, eran de cuento de hadas.

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El día transcurrió con vacas y sin planes, parando en varios lugares, viendo alguna catarata, un túnel antiquísimo, compartiendo comida en una de las miles de mesas con bancos de madera que están por el país ubicadas estratégicamente en ‘scenic lookouts’ para alegrarnos los mediodías, y dándonos cuenta de que cuando llegamos al extraño pueblo de Whangamomona -pronunciado fangamómona, que como todos los nombres del país, es maorí- era la hora de hacer una birra rápida y seguir, o parar a dormir por allí.

No nos esperábamos, claro, la que se nos vino encima. Yo me sentí toda la noche como si acabase de llegar a un pueblo fantasma en la furgoneta de Scooby Doo y tuviésemos que resolver un misterio entre todos. Lo primero que este pueblo es una república independiente de Nueva Zelanda, concedida por no sé qué historias del pasado. De hecho, si vas al mesón principal de la esquina te sellan el pasaporte. Entramos y había un ambiente extraño, entre celebración y serio. Salimos fuera con nuestra jarra y empezamos a hacer sociales con los locales. Ninguno tenía desperdicio, al principio pensé que estaban de coña. No es que estuviesen borrachos o tuviesen aspectos curiosos o hablasen de una manera completamente cómica, es que simplemente eran demasiado auténticos. Ninguno fingía, ninguno actuaba, eran cada uno totalmente interesantes de escuchar aún con unas jarras de más.

Resulta que el mismísimo presidente de la república había fallecido el día anterior y estaban de funeral. Pero un funeral de los suyos, según ellos, allí pasan tal día como el difunto hubiera querido ver a sus paisanitos, es decir, de fiestón. Era como estar en un hobbiton, pero de verdad.

Empezaba a hacer frío, me moría de hambre y temía el precio de la cerveza. Así que me fui a dar una vuelta a mi bola, haciendo amistad con los personajes más inéditos que habré visto en mucho tiempo. Por ejemplo, con un tipo que iba con una bandeja de carne de cochinillo recién asada y crujiente y caliente, repartiéndola, que me costaba disimular la ferocidad al comerla. Otro repartía birras frías sin cesar y cada vez ue nos veía comprobaba nuestra botella, y si tenía menos de la mitad, nos obligaba a coger otra. Y todos estaban borrachos, pero con clase. Sumergidos en conversaciones que quizás no recordarían jamás.

El pueblo eran unas pocas casas amontonadas entre esas montañas de un verde exquisito, junto a una curva en la que estaba la mejor casa, la del presidente difunto. Un idílico ‘post-office’, una mini-iglesia y el mesón eran las únicas casas públicas.

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Una vez dentro de la casa de presidente, de cuento, con cocina llena de gente y chimenea con buen fuego, s amontonaban decenas de personas con la misma actitud; uno interesantísimo era idéntico a sherlock holmes, otros tenían pinta de mafiosos, y el hijo del presidente, típico local grande y fuerte con melenas rubias y barba, había llegado con su moto clásica -que estaba en el salón- desde no sé donde y ponía música con un ordenador. Me propuso viajar juntos al oir mi historia pero nunca supe de él. Olvidaría nuestra conversación.

A las tantas y borrachos como cubas nos fuimos, los chicos a sus furgonetas y yo junto a ellos en un parquecito a dormir en mi hamaca junto a los columpios, muy abrigado en el saco que me salvó la vida de nuevo. Iba a dormir en la iglesia junto a la casa del presi, pero me dio no sé qué.

* * *

Tempranito nos fuimos hacia Taranaki y en una curva cualquiera me pareció ver algo entre las nubes. El ver el resurgir tempranero del monte desde allí fue ya motivante para exlorarlo de cerca.

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Nos quedamos dos noches más juntos, en sus faldas, pues el monte tiene miga y muchos kilómetros de hike a su alrededor. De cerca, en la mañana siguiente, estaba despejado y perfecto para adentrarse en él.

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Llegué hasta una altura considerable mientras veía a mis franceses perderse como puntos negros arriba, en una cresta nevada, frustrado por no tener crampones y piquetas, necesarios para el summit. Pero hice una ruta alternativa tremenda entre altitudes frías y rocosas sin vegetación, medias con alfombras pajizas, y bajas con los bosques más encantados de la zona. La vista desde las alturas me hacía entender que todo lo que abarcaba mi vista, una distancia infinita, había salido del cráter que tenía tras la espalda.

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Los chicos se fueron la segunda noche y yo decidí quedarme solo con el Taranaki, pues estaba precioso y sin nubes en la puesta de sol, en mi tienda de campaña -por cierto ilegalmente-, con el frío, el silencio, y una espectacular estampa de mi pequeña sombra y la del volcán, monstruosa, juntas, sobre la isla norte del país.

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Mordor

26 Octubre 2015

Es curioso ese momento en Nueva Zelanda en que los lugares en mi ruta corresponden a cierta escena de los hobbits. Acababa de pasar por el río en que los enanos escapan de los orcos en barriles, corriente abajo, y de pronto me dicen que la montaña que voy a subir más adelante es nada más y nada menos que Mordor, o el terrible lugar donde Sam tenía que dejar caer el anillo que un colega se había encontrado. Porque para carga, la de Sam con Frodo, y con el Smeagol.

Como yo no quería tener dinero para pagar el caro transporte matutino hasta allí, hice dedo de nuevo, antes de que el sol se dejara ver, arriesgándome a no llegar a tiempo. Pero un hombre que iba a pescar no solo paró sino que se salió de su plan mucho para dejarme en el comienzo de la ruta del Tongariro, viva el dedo en este país.

Empezaba así un día perfecto de caminar entre nubes, nieves, paisajes, cráteres y lagunas de colores, y géiseres. Y hobbits. Llegar a Nueva Zelanda en primavera fue la mejor de las ideas, por vivir semejante maravilla de la naturaleza cuando aún se pueden disfrutar los paisajes nevados de este frío país pero puede acamparse sin congelarse, esperando hasta el calor del verano, cuando se puso muy demasiado caluroso y turístico… y me fui.

Mordor se mostraba posible mientras me acercaba en la distancia por una estepa volcánica de paja amarilla y roca rojiza.

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Pero empezó a cubrirse con un velo de nubes y cuando estaba encaramado a sus faldas se puso caprichoso y una extraña violencia en su territorio me empezó a hacer dudar.

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Cuando llegué a la cota de nube, que bajaba lentamente según transcurría el día, se puso congelado y dejé de tener las vistas que me motivaban. A partir de allí no veía más que a unos 20 metros, casi no veía la siguiente pica de ruta y me paré. Dos jóvenes muchachos no preparados me pasaron y dijeron que subirían por cabezones y los ví perderse en la niebla, indeciso. Otros dos jóvenes bien preparados bajaron después y me dijeron que habían subido por cabezones pero que no vieron nada más que su frío, y así me decidí a volver. A estas alturas del viaje ya no hago cosas por cabezón, lo tengo muy aprendido, lo siento. Bajé hasta que ví las vistas de nuevo, y sin frustración, me comí una naranja, bendita la fruta neozelandesa, cuya piel naranja resaltaba en el frío magma marrón, entre mis pies.

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Después estaba decidido a subir al otro pico cercano, Tongariro, donde no me esperaban menos nubes o nieves. Pero esta vez estaba motivado y dejé pasar los impresionantes paisajes con lagunas semicongeladas a mi alrededor mientras mis botas, ya casi muertas, dejaban pasar la nieve y mis pies se mojaban y congelaban.

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La coronación llegó trás unos cuantos firmes pasos en la empinada nieve final. Me recalenté las manos allí, solo, entre ventiscas y nubes, esperando y confiando en el momento en que las nieblas se abrirían para dejarme ver dónde estaba, y la recompensa llegó.

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Desde allí casi todo era descender hacia la cara norte del circuito. Pasé por un cráter rojo con formas extrañas, y descendí por arenas calientes y vaporosas hasta unas lagunas verdes que vertían sus aguas descongeladas hacia el abismo de Mordor.

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Llegué a un ‘plateau’ inmenso donde ya no ví a ningún caminante más y me dí cuenta de que debía ir tarde para descender, perdiendo todas las opciones de dedo para volver. Tras hacerme un café caliente protegido del viento en una roca frente a la laguna más grande, que rozaba el horizonte infinito, salté a la ladera norte y comencé a bajar, sintiendo el aumento de la temperatura y la vuelta del sol. En la distancia, numerosas fumarolas de géiseres se elevaban blancas y, aun estando prohibido salirse del camino, me aventuré entre aquellos arbustos amarillos hasta una quebrada donde el vapor tóxico me calentó rápidamente, mientras escuchaba el extraño sonido de un géiser de Mordor.

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Mucho más abajo entraba de nuevo en la cota de un bosque alto espectacular y musgoso, digno de Elfos. Estaba solo hasta que la vida volvió a sonreírme. Solo había un coche en el parking, el de un hombre coreano que esperaba a su mujer, lesionada en las rocas y muuy lenta al caminar. Volvimos a buscarla y tardamos dos horas en ayudarla hasta el coche. Pero me devolvieron a mi base, donde me esperaban ya preocupados y pude cocinarme una merecida cena como la que debió pegarse Sam tras volver a Hobbiton.

Aquellas primeras noches kiwis

Nueva Zelanda, Octubre 2015

Los primeros días en Nueva Zelanda tras meses en el pacífico son de buen sabor, pues la gente del país parece estar para ayudar y sonreír, para charlar y conocer. La noche en Auckland la pasé en casa de una camarera que trabajaba donde tomé mi primer delicioso y caro café (siempre excelentes y con increíble pastelería a elegir), a la que pregunté por alojamiento barato y ofreció su sofá en casa compartida. Bien.

La segunda noche llevaba ya horas a dedo viendo el infinito verde de los prados frescos del país, las granjas y las vacas sonrientes. Se hacía tarde y una mujer llamada Karen me llevó hasta cerca de mi destino, pero ofreció entrar en sus tierras para ver si me gustaban y si tal, quedarme allí. ¿Por qué no? Me dejaron cocinarme algo en su cocina, en una humilde casa extendida de dos caravanas móviles (infinitas caravanas, en casi todas las propiedades). Me quedé hasta las tantas hablando con Karen, mujer madura y consciente, sobre temas del mañana. Si no hubiese insistido en dormir en mi tienda, me habrían preparado una cama. Bien.

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3 años

Según el contador, haciendo hoy 19 de abril de 2016 tres años exactos de mi partida, son 1096 días y 38 lunas, sin contar la que se me viene encima pasado mañana, calculo.

Nadie sabe que celebro hoy tal cosa. Me he regalado un día de placeres y lujos infinitos en la isla de Gili Meno, cualquiera diría que por todo lo alto. Buceado viendo corales que no recordaba desde Filipinas, apneas con tortugas, café al caer la tarde, puesta de sol en el oeste de la isla, leer libro ya con la brisilla fresca única de la noche sobre la arena. No, no escribo esto a modo de envídia en plan selfie, no es el estilo de yomelargo.

De lo que estoy contento es de haber hecho todo esto de la única manera que sé hacer las cosas tras estos años: en modo ‘me queda aún tela’.
La gente viene aquí por dos semanas a tirarlo todo, a derrochar. Y es un poco chocante en un lugar supuestamente barato como este, tener que seguir siempre al mínimo, a la lucha. Especialmente después de Australia, que todo está tirado. Me siento mal al regatear, pero es que yo sigo después de esas dos semanas y no puedo permitirme lujos, pero tampoco los quiero o necesito.

Estoy tumbado en la hamaca, en la red, junto a mi tienda de campaña. Soy el único camping de la isla. El alojamiento no es barato. La wifi la tengo por haberme tomado un tal en los bungalows de detrás. He desayunado un café de sobre con agua calentada en mi taza metálica con la cocinita de cocacola y alcohol. He alquilado una máscara para bucear regateada, sin aletas, nadando hasta los lugares, en lugar de ir como todos, con tanque de oxígeno y en barco. He pedido que me guarden el bolso mientras. He comido un plato en el lugar más barato del interior de la isla, encontrado de coña, con una familia local y todo medio sucio. He conseguido agua caliente de una casa humilde para el café de la tarde, de sobre. He caminado todo el tiempo -la gente va en carritos a caballo- excepto cuando he pedido a un muchacho que pasaba que me llevara en bici de favor, a devolver el esnórkel de los huevos que si no me cobraban otro día.

El presupuesto del día, de 6 dólares. La diferencia puede ser del XXX por ciento.
Es adictiva la sensación de hacer todo lo que la gente hace aquí, no con la misma calidad, pero al menos disfrutando lo mismo. Me gusta. Para los que no lo crean, se puede.

* * *

Sinceramente, espero pasar la luna 52 (cuarto año) en casa.
Y lo de que la Tierra es redonda lo vamos a tener que estudiar detenidamente.
Que llevo 3 años y no veo mi casa ni en el horizonte. Coño ya.

Volver a Cuba

Para volver a Cuba, solo es necesario escuchar uno de sus sonidos. Un viajecito al pasado, si se me permite. Podría escribir doscientas entradas aún hoy sobre Cuba y las fotos y sonidos que tengo de ella.

Acabo de encontrarme con éste, que es mi favorito.

Santiago y el caribeño (click)

Un sonido que representa uno de mis mejores momentos en Cuba, cuando deambulaba por las calles de Santiago durante el festival Caribeño, menudo ambiente.

Me llamó la atención el sonido de una máquina de escribir muy antigua y una mujer que escribía con cuidado junto a una ventana en la que me coloqué sin ser visto.

Después camino un poco y chás! la espontaneidad, una mujer canturrea mientras se cruza conmigo, y chhásss! me encuentro con unos tipos de los que tocaban en la calle y que me interpretaron uno de mis preferidos, así por coincidencia: Candela.

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Cambian la letra y la adaptan para mí (este señol… está grabando), y les prometí que les pondría en internet… Uno de ellos era espectacular con el saxo, guitarra, el tres y voz.

Un buen paisaje sonoro de Cuba.

Otro viaje por Santiago es cuando entonces… bailé salsa!

Pero las ciudades

Cuando llegué a Auckland y sentí la energía de la ciudad me dí cuenta de que las últimas ciudades grandes por las que había pasado eran Valparaíso y Santiago, en Chile, hacía seis meses, antes de la cruzada del pacífico.

Fue genial porque Nueva Zelanda es genial y ha sido al pasar por las ciudades brillantes, civilizadas, ejemplares y modernas de países bien establecidos como este o Australia, que la energía de las ciudades me absorbió y me hizo entrar en un mar de reflexiones acerca de la evolución de nuestra especie y de mi propio encaje en este patrón tan deliberadamente asentado que son los núcleos de vida humana. Una verdadera relación amor-odio:

Yo pensaba que me había librado de ellas, pero las ciudades tienen a veces algo que te aprieta y te hace entender que son parte de tu vida y de tu generación, y que has de participar de ellas. Quizás tengan cosas que necesito, o que me gustan, o de las que soy adicto. He pasado demasiado tiempo en ellas. No voy a vivir en una después de largarme (creo), pero tienen algo que siempre me va a interesar, que no puedo negarme. Aunque creo que el futuro no está en las ciudades, que ese no es el camino, me atraen tal vez porque representan en gran medida una de mis obsesiones: el futuro.
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El meridiano 180º

día 133 de la bitácora pacífico
14 octubre 2015

Probablemente, una de las cosas más interesantes que pasaron por la cabeza de Exupery cuando escribió el principito fue lo de poder ver las puestas de sol más de una vez por día, corriendo simplemente su silla unos pasos adelante en su pequeño planeta.

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Viajar contínuamente hacia el oeste, en la dirección del sol, es como perseguirlo sin llegar nunca a alcanzarlo. Es una bonita sensación de caminar hacia la iluminación, hacia la luz, la belleza del atardecer, hacia el descanso, hacia casa. Los días son un poquito más largos, los he estirado con cada uno de mis pasos hacia el sol, he ganado tiempo, o mejor, más vida.

Un regalo del universo. Pero el universo es tan exacto como caótico, y en algún momento las cosas se ajustan para volver a la calma, al balance global. Llega la factura. Sigue leyendo

Fiyi time

Bitácora pacífico, día 130
15 Octubre 2015

Sin duda, lo que me choca más al llegar a un pequeño país perdido del pacífico como Fiji es que haya una mezcla de culturas y religiones tan vasta. La religión local es una mezcla de las mayores del mundo: cristianos, hindúes y musulmanes.

Al ser tan multiracial y multicultural, mi visita al mercado central de Nadi, en la isla de Viti Levu, ha sido un espectáculo y me he pasado una mañana paseando y tirando todas las fotos que creí no comprometían a los paisanos. Vendían kava-kava a montones entre miles de productos locales. El kava se tomaba en ceremonias, es un brebaje poderoso relajante y, en cantidades, psicotrópico. Sale de pulverizar las raíces secas de una pimienta y se mezcla con agua.

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Un montón de mujeres grandes con piel oscura y pelo afro dominan el lugar. Amontonan sus frutas y vegetales en montoncitos y parecen tener genio. Miles de especias y poderosas pimientas picantes para elegir, caos y ratas, griterío y fruta, niños corriendo, calor, la rutina de aquel lugar.

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