El Robo. Una playa de cómic.

15 Diciembre 2013

Hallábame yo pues caminando bien contento con mis recientes andanzas en Ometepe, cuando divisé el océano de nuevo, después de largo camino por tierra; saludé al Pacífico.

Las playas se abrieron ante mí, y la de Gigantes mostró sus gentes, barcas de pescadores y alguna construcción terrible de la nueva era. Subí a los altos que cerraban la playa y el pueblo en una bahía. Desde allí pude ver más playas, y una familia me observaba curiosa desde su casa/bar, en el vértice de este cerro interplayil. Les hablé, y después de un rato de amistosa conversación y de hacerles ver que no buscaba hostal sino un cuarto cualquiera con locales, me enseñaron uno con su puerta a unos cinco metros del vacío al acantilado, desde donde veía toda la siguiente playa, y la otra, y todo el mar, y todo.

Una vez más, el cuarto era terrible, pero colocando las cositas por ahí, chiscando una vela, leyendo o escribiendo, y con un poco de imaginación, cualquier cuadra puede ser una habitación de lujo. Estaba tan contento con el negocio que había hecho (me darían desayunos incluídos en un super precio) que me olvidé del terrible hambre que tenía y me lancé a explorar la playa vírgen que tenía debajo, tan sólo con el bañador puesto.

Lo que pasó en las siguientes horas fue yeah, intentaré contarlo, sin ninguna foto, sin sonidos. Esa playa se iba convirtiendo, con cada paso, en el lugar donde quería estar, en el lugar donde hasta quería preguntar por tierras, precios, en el lugar donde podría empezar un proyecto, mis amigos, mi familia, mi futuro. Lo que veía era tan ridículamente perfecto que por un momento pensé que me había muerto, y empecé a dudar si no habría tenido un accidente en el bus de la mañana (iba literalmente encima del conductor, de lo lleno) y estaba en fase.

Lo primero era estar solo en esta playa larga, arqueada y cerrada por los lados, de más de media hora caminando; quizás algún surfero, ya que las olas de pacífico siempre son gentiles con ellos. Me bañé para estar fresco y continuar mojado sin calor, el baño fue divertido y como siempre en este lado, de lucha con las olas y de miedito cuando una de las enormes se me echaba encima.

Detrás de la playa arrancaba suavemente un tramo de arbustos y hierba verde; en ese punto muchos árboles pequeños tenían la forma exacta de una sombrilla sobre la arena, y después ya la hierba, húmeda y alta, rellenaba los huecos entre arbustos y árboles esparcidos perfectamente, una alfombra que sólo se veía cortada por algún claro y senderitos para caminar, de cómic de Astérix, y que hacía de este espacio el ideal para acampar, o estar. Más atrás, comenzaba un bosque de árboles altos y preciosos, variados, no denso, con gran visibilidad, abierto y acogedor, y un poco más allá, ya la subida a las colinas verdes y más densas que cerraban la playa por detrás; Jamás había visto tamaña conjugación de playa, arena, campo, bosque y montaña en tan poco espacio y con tanta armonía y perfección entre cada uno.

Apareció, rápidamente y de tierra adentro, una columna de agua que cerró la luz y me empapó durante pocos minutos, su agua no me molestó, me dio vida. Sabía que no duraría porque sus gotas grandes cayeron de golpe y poco después el sol volvía a hacer huecos en las nubes y proyectarse en rincones; la ridícula tormenta se alejaba en el horizonte marino, rápida, completamente visible, nube y lluvia, enfadada consigo misma, como en los cómics.

Una esnucada en la arena y croqueteo, con pensamientos sobre dos picos altos que se manifiestan en el centro de la mini-cordillera verde que cierra todo por detrás: el lugar perfecto para vivir. Los magníficos cangrejitos -sí, de cómic- que cavan incesantemente el mejor agujero en la arena me devuelven a la realidad y sigo caminando.

En la orilla, encuentro algunas piedras únicas, una de las cuales cuelga ahora de mi cuello enredada en alambre, y conchas y caracoles que algún día regalaré a alguien que los merezca. Al final de la playa me espera un acantilado de rocas pero de los que invitan a cruzarlo descalzo hasta la siguiente playa, mereciendo bien la pena, de los que acaban siendo un montón de rato porque cada tramo tiene piscinas pequeñas con cangrejos asustados, y cuya agua es renovada con cada ola. De lejos parece pan comido, de cerca hay ratos de estar muy sólo e invisible por nadie, en partes ocultas, cuevas, y rocas de colores que no vienen a cuento.

Cuando llego a la siguiente playa me fascinan otras tantas cosas, pero tiene resorts y mansiones de americanos imbéciles que no ven que ahí esa casona no pinta nada por muchos millones que se tengan. Sin embargo, un río de agua dulce con gran flujo sale en medio de la playa, creando un pantano con manglares tras una duna y la posibilidad de quitarse la sal con agua fresca sin salir de la playa. Disfruté del lugar lo que pude, pues la naturaleza no sabe de ricos y pobres, y también es generosa los primeros, poniendo troncos secos de árboles muertos inmensos en lugares que ni en cómic, haciendo meandritos con el río fresco por la arena salada y posando garzas blancas en las ramas más salientes. Al ver de fondo un hotel de 5 plantas con un estúpido mini campo de golf, decidí volver a mi playa virgen, pero no por el acantilado, sino por el bosque, por los senderos de Astérix.

Dos hermanos me contaron que las tierras las tienen un montón de ex-combatientes de la revolución que han recibido concesiones y están organizados: las quieren vender todas juntas y sacar mucho con un inversor que construya. Amén.

De paseo por La Playa, volviendo, caminaba muy despacio para que no se acabara, para tener más tiempo de ver las cosas que había. Un sol ya atenuante apunta a que se pondrá por el medio del mar. Despacio, y libre, me pego a la bajísima marea de las olas, y conozco un curioso espectáculo que millones de caracolillos con aletitas hacen: al subir la ola se despliegan para subir y cuando la ola se posa se cierran para quedarse ahí arriba, donde empiezan a desplazarse aleatoriamente dibujando miles de rastros finitos en garabato que cortan la perfección reflejada en la arena mojada que las olas ya no alcanzan.

Hacia la mitad de la playa, cuando miro los dos picos junglosos de la colina, se mete alguien en escena de la manera más inesperada. Una espectacular vaca, de raza lejana, rumiando y moviéndose de la manera más lenta que ví, se planta en mitad de la playa, se para, y se queda completamente inmóvil. Su mirada no es al sol exactamente, es a un lado, y es mirada de vaca. De inocencia e inconsciencia, pero que parecía que iba todos los días a disfrutar. El sol ya horizontal dejó de repente pasar unos rayos entre nubes que iluminaron sólo el lugar donde estaba la vaca, y su corto y caliente pelo marrón se tiñó de rubio. Se quedó estática y por un rato sólo movió las orejas, una y luego otra, al vaivén de las moscas.

El cielo empezó a soltar una cortina de lluvia fina en alguna parte cercana porque un esbozo de arco iris se pintó, no era un arco, sólo una columna gruesa y corta de colores que se levantaba firme detrás de todo, sobre la vaca. A estas alturas yo ya estaba mirando alrededor para encontrar quizás una persona que estuviera viendo lo mismo que yo, con una mano en la cabeza. Filas de pelícanos con exactas distancias de seguridad volaban por el vértice de olas que abandonan justo cuando van a romper y se les ve reflejados en ellas un instante, antes de levantar el vuelo un poco para enganchar la siguiente. Con un pellizco me espabilé y me senté cerca de las rocas que suben a mi cuarto, viendo la última luz dorada entrando en el bosque detrás de mí, y lo último del horizonte quemado. Subí a ver a la familia y les llevé una gran sonrisa.

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Al día siguiente volví a mi Playa a pasar el día entero, pero con todo; con Locura y su equipo mínimo: cámara, grabadora, a las que les había hecho un reciente homenaje; con mi irremplazable Reality miniPocket-Book, con un bocadillo, en fin. Me la robaron entera, y aseguro que a mí no es fácil robarme, y no merece explicar cómo pasó porque las cosas pasan igual cuando han de. Hay que asimilarlo: me costó la primera hora, en que me destrozé los pies corriendo en playa, jungla, zarza y roca, buscando y luchando por cambiar los últimos cinco minutos, soñando con haberlo hecho distinto, pidiendo ayuda a los locales, desconfiando de todo el mundo, odiando. Y sin embargo, curiosamente, recuerdo estar cantándome por dentro cancioncillas desde el mismo momento en que pasó, mientras corría saltando por encontrar a la persona, para llevarlo mejor, como asimilándolo desde el primer instante para que ya el dolor fuera en descenso.

Cuando pude arrancarme la frase ‘Matar peña’ de la frente, me senté exhausto, sudando, rendido. Ya se ponía el sol, y de alguna manera me dí cuenta de que sabía que iba a pasar. Es difícil viajar hasta los lugares más recónditos sin dejar las cosas en casa, arriesgando, portando una grabadora tan importante en la historia, que da vida y sonidos a este proyecto… pero que también es peso pesado, preocupación y golosina. ‘Éste es el momento en que esta mierda pasa’, pensaba. Y me esforcé por reconocer que ya era parte del viaje, porque aquello no durase más de ése día, por no convertirme en un viajero desconfiado y miserable, por cantarme otra canción y por esbozar una sonrisa. -me salió falsa.-

Volveré a esa playa, quizás no a vivir. Sigo amando a los nicas y a Nicaragua y no tengo rencor. Se estropeó un gran momento, llegarán otros.

Asi que así pasan las cosas en esta historia, eh?
Bueno,
y después, qué?

1 comentario en “El Robo. Una playa de cómic.

  1. me gustaria tanto poder ser esa persona que buscabas para contemplar a la vaca rubia y sobre todo poder estar a tu lado cuando descubres que has perdido a locura para consolarte . . .

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