24 de diciembre.txt

-Pues no hay sitio para entrar al parque-, dijo Kenneth muy tranquilo para la desesperación que significaba para mí la noticia, después de colgar el teléfono.

Estaba en Costa Rica, y Kenneth era uno de los componentes de la familia que llevaba el Jungle Hostel, un lugar donde estuve muchos días por acogerme como uno más desde el principio y por estar ubicado en la península de Osa, uno de los lugares con más biodiversidad que existen. Cabañas de bambú en la jungla, con mosquitero, sin luz ni internet, sólo un generador por las noches hasta que cenábamos y nos cubríamos de velas o leíamos. La banda lectora era ‘Mo’, de Lara Ríos, y era apropiada para el lugar en que estaba y el que iba a visitar.

La noticia de no poder entrar (por lleno) al parque nacional de Corcovado, joya de Costa Rica y contenedor del 5% de la biodiversidad del planeta, estropeaba mi plan de pasar el 24 de diciembre de esta historia perdido en la noche de semejante parque. Pude pelear una entrada de un día sin noche, y la conseguí en el último momento el día antes.
Evidentemente aquí ya sabemos todos que, aún sin permiso, yo no iba a salir del parque aquella noche.


Todos los que llevan el negocio de Jungle Hostel son una linda familia, especialmente la madre, otra persona de esas especiales de las que me costó despedirme y me dijo que me echaría de menos varias veces, y en serio, y que tenía un lugar para ir cuando quisiera como voluntario en las huertas y a vivir con ellos. Era la joya de la casa, y trabajaban para vivir simple y disfrutar sin pensar en el dinero; me dieron de comer, cervezas y alguna noche desde que les solucioné varios temas informáticos, entre ellos levantar una red wifi desde 3g con unos cacharros que tenían, ya que una niñata petarda estaba desesperada porque no podía hablar con su novio por whatsapp, en medio de la jungla y rodeada de tucanes, la idiota! y que aún después de explicarle que si su novio no podía entender que no le saludara por estar ella en la jungla de vacaciones, era un novio incomprensivo, me decía -jooo ya pero es que le echo de menos! —

Me arrepentí moralmente de haber instalado esa wifi cuando al día siguiente ví que la niñata y sus amiguitos estaban todos con el smartphone, con el dedito pulgar de arriba a abajo, sin hablar.

Cuando llegué por la mañana del 24 al puesto de control del parque, empezó todo fatal. El hombre me leyó los ojos, y lo que debería haber sido un ‘buenos días’, ‘pase’, haciéndome el tonto como que no sé a dónde voy o si me quedo por la noche, por alguna razón se convirtió en un ‘por qué lleva usted tanta mochila’, ‘a dónde va con hamaca’, ‘si llega usted a la otra estación le mando arrestar’ y ‘haga el favor de salir por aquí antes de las cuatro’.

Empezando así la cosa, entré en el parque frustrado por saber que ahora sí me buscarían seguro, esperarían mi firma de salida, con la sensación de estar perseguido y de que quizás no merecería la pena quedarme si iba a tener problemas, aún teniendo en la mochila muchos víveres para dos/tres días… Pero, ¿no sería así, más intensa mi experiencia en el parque y más aventurada mi penetración -y ahora camuflaje- en la jungla?

Para las dos de la tarde había recorrido larga distancia, más de la que los visitantes de un día pueden hacer si tienen que volver a salir, especialmente por la subida de marea. Pasé por playas rocosas en soledad, que me hacían viajar en el tiempo. Las paredes del acantilado mostraban enormes capas de sedimento, jurásicas, con un patrón repetido asociable a años estacionales ó temporales históricos; las rocas desprendidas en la playa parecían enormes galletas oreo de crema caliza. Salía de la playa y entraba en el sendero de la jungla alternativamente, me comía un coco, veía osos hormigueros, arroyos, monos tití, aulladores y araña, tucanes y loros rojos de los que van a hombro de pirata y vuelan en parejas, grandes pájaros carpinteros pa arriba y pa abajo, mis fieles pelícanos planeando en fila sobre la orilla, garzas exóticas, lagartos y otros animales que se llaman nosequé. Y me faltaban aún pumas, jaguares, tapires, monos perezosos y grandes comunidades de jabalíes. Tenía bastante claro que me quedaba.

Hubo una playa que me pareció perfecta para sentarme y darme un banquete, quitarme por fín las botas, darme un baño. El sol estaba ya bajando cuando quise reactivarme, y decidí que cuanto antes encontrase mi lugar en la jungla, antes lo disfrutaría una vez instalado. Me dí cuenta de que era el último lugar donde otros turistas me habían visto, y los guardas podrían buscarme y seguir mi rastro. De todos los arroyos que salían de la jungla a la playa, escogí uno que tenía una entrada penetrable. Caminé por la orilla en marea aún baja, sin dejar huellas, luego por este arroyo que se deslizaba sobre la ardiente arena, hasta la jungla, sin dejar huellas, y luego 200 metros por el arroyo a interior de jungla, donde me puse las botas y ascendí a las alturas buscando un alto bien perdido. Llegué a un lugar que tenía un valle de arroyo escuchable a cada lado (en Costa Rica hay un arroyo cada 300 metros) y desde el que aún oía el mar. Lo escogí también porque a un lado, un gran desnivel vertiginoso hasta el arroyo estaba cubierto de lianas y un grueso y enorme árbol que subía desde allí abajísimo hasta muy por encima de mí se movía agitadamente por todos los monos que chillaban alertando mi presencia. Les mandé callar, hasta tres veces, pues me delatarían, y un rato más tarde una «paz» de jungla nocturna llegaba con la luna, pero yo ya estaba tumbado en mi hamaca, colgado de dos árboles, con con mi saco, protección preparada por si llovía, ya refrescaba, el aire volvía al mar, y pasé horas observando y escuchando, tenía pocos agujeros para ver estrellas y pensaba y calculaba que en España, mi gente, ya estaría dormida.

De todos los miedos que un hombre puede tener en la jungla, una vez más sólo se manifestaba el miedo a otros hombres. A que fueran buenos rastreadores y encontrasen mi evidente rastro de botas, ya en jungla, y me jodieran la noche de mi 24. A que tomaran represalias serias. Cuando más necesité la luz para cocinar, se me congeló la sangre al ver dos linternas lejanas por cerca de la playa, a paso de hombre, de patrulla. -Si son buenos, me encontrarán-, me decía, pero desaparecieron, y no las volví a ver. Por si acaso, no volví a encender el frontal y puse las velitas calientaplatos al otro lado de mi alto. Cuando mi lata de frijoles estuvo caliente, me la reventé con pan bimbo mientras calentaba un té. El sueño me venció poco después de lavarme los dientes, sobre mi hamaca, con todas mis cosas ya colgadas de ramas, el frontal en el cuello y el machete colgado de la cuerda a tiro de brazo, no obstante.

Nunca supe a qué hora me dormí, pero dormí tranquilo como un bebé, aunque alerta, pues el peligro más realista al que me enfrentaba, según mi investigación biológica previa con locales, eran estampidas de jabalíes que se comen lo que pillan y serpientes, y que se evita durmiendo a un metro de altura sobre la hamaca. Los pumas, tigres y jaguares tienen pa jartarse de comer en su pirámide y no atacan a humanos. Me despertaba para cambiar de posición y porque duermo boca abajo y lo echo mucho de menos en la hamaca. Y porque oía ruidos sobre las hojas, probablemente de cangrejos o lagartos, aunque creo que entre sueños una vez empecé a hacer ruidos altos para espantar lo que fuese, ya que estaba soñando cómodo ó con algo de lo que no me quería despegar.

La mañana del dia 25 la recuerdo perfectamente, desde que noté la luz hasta que me desperté totalmente. Al alba, escuché el sonido que siempre creeré en boca de un puma, pues era como un gato peleándose pero mucho más potente, cerca, entre yo y la playa… Me conformé con oírlo. Evidentemente había llevado chiflainas de desayuno para gozarla, y me levanté con esa motivación a mear, no veía bien con las legañas. Me tumbé a observar, ahora con luz, y me tomé unas galletas con un nesquick, y algún caramelo. Disfrutaba despacio de cada galleta, observando el despertar, cómo el sol empezaba a cambiar el ángulo desde algún lugar remoto tras tantas hojas, me visitaban colibríes y libélulas enormes, volví a dormirme y desperté cuando la luz ya no era dorada sino amarilla, y en todo este tiempo solo saqué el brazo de la hamaca para darme fuerza con una rama y balancearme, generando brisa falsa y empezando otro ciclo de divertidos vaivenes que no sabía si sería el último.

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En algún momento hube de volver, y sí, disfruté de la vuelta como de la ida, y el hombre de control era otro, y era festivo y salí ileso, aunque advertido y regañado, porque quería que me vieran salir para que no me dieran por perdido o algo. Conseguí más agua y me quedé otra noche más en la playa, porque el atardecer era demasiado y la playa no menos espectacular, fuera del parque, donde no podían molestarme y pude bañarme libre varias veces. Ahí sí ví todas las estrellas pasar de este a oeste, despertando a veces sobre la arena, y con el único mosqueo de un posible nuevo robo…

… como siempre, el hombre mosquea más que nada.

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