Mis desayunos con Mercedes y Amando

Me quedé unos días en la casa de Eylen, en Centrohabana, que me salía bien económica y tenía toda para mí, gracias a un contacto de México.
Tenía una terracita a la calle desde la que podía deleitarme con todas esas cosas que pasan desapercibidas para los locales pero para mí no tenían desperdicio. Y veía el mar, el famoso Malecón, como lo llaman ellos. Me pasé días diciendo la palabra malecón con su acento (extra-acentuación en la sílaba tónica y la N nasal), y nunca me cansaba de hacerlo.

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El MalecóOngn

Para más lujo, cruzando la calle, un matrimonio adulto de conocidos de Eylen me ofrecían comidas tiradas de precio: desayunos a 1 CUC y comidas y cenas a 2 CUC. Para mí era como ir a casa de la abuela. Sus hijos no vivían allí y a mí me trataban como a tal. Eran encantadores y les dije que iría todos los días, al menos a desayunar.

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Una linda niña siempre estaba en mi puerta cuando iba a desayunar

En cuanto aparecía, Mercedes se levantaba como un resorte y ponía un cafetito a calentar que me sabía a gloria (con leche en polvo, la leche normal es cara). La encontraba viendo telenovelas, y me confesó en nuestras charlas que las koreanas eran cojonudas, y que una noche, que yo ví que no apagaban las luces, ella y su marido Amando se quedaron hasta el amanecer enganchados viendo hasta el último capítulo.

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Mercedes ya tiene mi cafetito calentando

Los desayunos me encantaban no sólo porque estaban ricos sino porque la charla era rica. Amando era como un chaval y nos echábamos las risas. La edad en Cuba no llega nunca y los viejos son como chavales, siempre bromeando.

Mercedes usa una sartén neeeegra, de roña, que tendría quién sabe cúantos años. La casa es muy simple y pequeña, como una habitación grande, y ellos también han separado y hecho ‘barbacoa’ (la mitad de arriba, convertida en otra planta, debido a los altísimos techos de las casas de la época).

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Roñosas!

La conversación, guiada por mis preguntas curiosas, se basaba en realidades de sus vidas:

El poco dinero que hay en el país; pero lo acostumbrados que están a ello. Y lo calmados. Los sueldos están en torno a los 300 pesos cubanos, unos 10 euros. Es tan ridículo que, decían, no interesa trabajar por eso, ni levantarse, ni madrugar, ni viajar hasta el trabajo. No merece la pena. Por eso la gente no trabaja y se busca sus negocitos, vende cositas por la ventana de su casa, etc. Y por eso están los famosos cuentapropistas.
Pero sin embargo, trabajo si hay, insisten.

La jubilación que cobran es de 225 pesos, 7 euros. Se ríen, y se quejan de que la comida es cara y no llegan, pero de repente sacan cosas positivas como que la salud y la educación son gratis. Ellos mismos justifican su situación y ven lo positivo de su gobierno y del comunismo. Y en verdad, Cuba es de los pocos países en que a cualquier ciudadano lo atienden gratuitamente en caso de enfermedad. Y los niños no pagan nada por el cole.

Les pregunto por la policía (había oído malas historias), y dicen que bien, que son fiables y que ayudan siempre al pueblo en la medida de lo posible. Sin queja.

Después de desayunar me levanto y voy a la barandilla a charlar con Amando. Me tengo que aguantar la risa al ver lo cómico de cómo se coloca, con todo el peso en los codos y abierto de patas con el pubis en la barandilla. Que está llena de mugre, por cierto, en el lugar donde se apoya, quién sabe cuántas horas al día.

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Mercedes y Amando en su balcón, en frente, desde mi casa, charlan con una vecina

Me encanta ver la cara de resignación que me pone Amando, los ojos mirando arriba, la cara seria, el labio inferior mordido, cuando Mercedes lo manda a comprar algo al mercado. Pero no se le ocurre quejarse.

Qué cariño les tengo a éstos dos, madre!!!

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Con el juguito fresco de guayaba, la tortillita, y frutita! Qué rico, Mercedes!

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