Las venas

Según avanzo por los países de América Latina, voy encontrando injusticia, opresión, abuso, pobreza, desigualdad, intereses, monopolios, dictaduras disfrazadas, oligarcas, hambre, miedo y cosillas varias, en mayor o menor medida. Historias contadas y escuchadas que muestran la cruel realidad de los pueblos que, sin salvarse ni uno, enfrentan situaciones que no hay por dónde coger.

Que una tierra tan generosa e infinitamente cargada de riquezas, aún después de los múltiples saqueos, siga siendo tan pobre e incluso tienda a empeorar, sólo puede ser por culpa del interminable abuso. Sin entrar en materia, he aprendido que el subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno. Lo he aprendido gracias a Eduardo Galeano, que tuvo el valor de hacer una recopilación de datos históricos que hasta ha sido perseguida, o perseguidos sus lectores; que a veces resulta exagerada hacia su lado, pero conviene para sacarnos del nuestro, en el que estamos muy metidos, o para al menos dejarnos más neutros; que aburre con datos numéricos y porcentajes pero que no tiene desperdicio y no sobra una línea. Una lectura obligada para todos aquellos occidentales que viven bien; para gringazos, para cualquier persona que no sea latina, pero sobre todo para ellos, los latinoamericanos, para que al menos sepan por qué, y sepan defenderse o encontrar el camino -qué utópico-.
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Respetito

El día que vuelva allí donde las motos se paren cuando cruce una calle para dejarme pasar, creo que voy a llorar.

Y si un conductor de un vehículo se para y me hace el gestito ese de «pasa, pasa» le rompo la luna para darle un abrazo, me vacío los bolsillos dentro de su coche.

Perdemos la juventud

Perdemos la juventud el día que dejamos de ser ácratas; el día que
comenzamos a comprender y a disculpar al sistema.

Perdemos la juventud el día que dejamos de soñar con el paraíso en la
tierra, un paraíso para todos; el día que empezamos a llamar con
desprecio utópicos a los que siguen soñando; el día que se nos
despierta el sentido práctico y entramos en el juego y aceptamos las
reglas.

Perdemos la juventud el día que nos levantamos dispuestos a vendernos
al mejor postor y al mejor impostor; el día que nos doblamos a la
sinrazón de la fuerza y del chantaje.

Perdemos la juventud el día que admitimos que todo y todos tenemos un
precio; el día que estemos dispuestos a vender cualquier cosa, si no
por un plato de lentejas, por unos kilos de papel.`

Perdemos la juventud el día que aceptamos al ganador y no damos un
duro por una causa perdida.

Perdemos la juventud el día que aceptemos que esto es lo que hay, que
siempre ha sido así y que no se puede hacer nada para cambiarlo.

Perdemos la juventud el día que nos miramos a un espejo y no se nos
cae la cara de vergüenza porque hemos perdido la vergüenza.

Perdemos la juventud el día que miramos alrededor y sólo vemos lo que puede verse; el día que alargamos la mano y sólo tocamos lo que puede
tocarse.

Perdemos la juventud el día que el mundo deja definitivamente de ser mágico.

Jesús Quintero (el Loco de la Colina)