Lombok

Abril 2016

La gente general en Indonesia puede escupir, carraspear sin fin o cagarse en cualquier momento -esto es Asia en general-; puede decirte que sí y que no a la misma cosa en el mismo minuto. Puedes hacer que te respondan lo que quieras según la manera en que les hablas: dicen que sí pero si tu les dices que no, no? ya dicen que no.
Y a la vez son gente encantadora y sonriente que me hace sentir bien acogido y confiado, viviendo bien el viaje. Tales son las contradicciones de los asiáticos para un occidental.

Pensando estas cosas llegué a la isla de Lombok, en concreto a las tres Gilis -islas pequeñas- que se alinean en el noroeste. Teniendo para elegir me fui a la más grande, Gili Trawagnan, por tener más que explorar. Es un destino turístico de jóvenes con ganas de fiesta, especialmente australianos con plata. Me recordó mucho a Key Caulker en Belize; isla pequeña sin vehículos a motor, muchos chiringuitos y comida/cerveza barata, espectaculares puestas de sol, bicicletas para alquilar y una camino de circunvalación ideal para dar una vuelta completa en un día, despacio, parando, buceando, leyendo, observando vistas en 360º al avanzar. Esto último es lo más interesante de las Gilis.

Llegué con miedo por el turismo masivo y tal vez los precios que ese turismo ocasiona. Pero me alegró encontrar que los mismos locales son humildes y los jóvenes tienen una actitud relajada y honesta, sin fiebre por el dinero. A veces rastas, curiosa mezcla de estilos. Y lo mejor, me dejaron acampar siempre en huecos de las playas junto a restaurantes o hospedajes, sin el menor problema, con calidez y sinceridad. Y en la tranquilidad de estas islitas no entra el robo ni el hurto, así que fueron los días más relajados de la época.

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Después de dos o tres días en Trawagnan, conociendo a gente pero lejos del tumulto, salté a Meno, la más tranquila y poco poblada. En ambas, mis vistas eran hacia el sureste, hacia la isla principal de Lombok, cuyas montañas han de considerarse pues tiene una que roza los 4000 metros, ojo. Las nubes divinas de Indonesia levitando sobre las inmensidades calmas de los océanos que me rodeaban, y las que se forman cada mañana sobre Lombok y descargan y suben y vuelven a descargar durante todo el día. El espectáculo era tremendo, ya para pasarse días en la hamaca observándolo. De vez en cuando arrojaba mi cuerpo al agua, divertida, tibia: el mejor baño el nocturno, a la luz de la luna, preparándome para dormir fresco. No se necesitan duchas en este hermoso vivir de aquel presente.

Podía hacerme cafés y tés en la latilla, y escuchaba de vez en cuando el tintineo de los cascabeles de los caballos que tiran del único transporte que existe en las gilis: el de los lindos carruajes que merodean por todas partes llevando gente sin emitir ni ruido ni humo.

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Las puestas de sol, por supuesto, las buscaba cortando la isla en dos hacia el oeste, siempre por diferentes senderos divinos de paz y locales. Había alojamientos con muy buena intención y estilos, clases de yoga y retiros pacíficos en el interior. Lo mejor de Trawagnan fue bucear con tortugas inmensas en varias ocasiones, practicando de nuevo mi abandonado apnea. En Meno, existía una laguna interior pacífica y repleta de aves al atardecer. Era mi lugar preferido, pues en el aire viajaban, a las 6 en punto, ondas con los rezos musulmanes a Allah, viniendo de las mezquitas de la villa.

Una tarde encontré el lugar donde bañan a los sumisos caballos tras un día sudoroso de tirar de carruajes, por supuesto en el mar, zona de dunas y aguas poco profundas. En general, dependiendo de la visibilidad, seguía viendo el volcán Agung, de Bali, al oeste, con gran espectáculo naranja al bajar el sol tras él.

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Diametralmente opuesto sobre Lombok estaba otro lugar que me fascinó: un poblado de pescadores del sureste, llamado EKAS, remoto, en una esquina de una península.

Volteaba la isla en moto y llegué por recomendaciones de locales; encontré una playa con dos brugas (plataformitas de bambú con tejado de palma) cuando aún era el mediodía, pero decidí pasar una noche allí. Podía dormir en una de ellas, y hasta entonces disfrutar del caminar por esa playa y la siguiente. Había dejado en Bali casi toda mi mochila e iba ligero y despreocupado.

Veía una lejana costa frente a mí y un sinfín de plataformas estáticas de pesca distribuidas por la bahía. Las calurosas horas de la primera tarde fueron terribles. No se movía el aire. Solo unos niños perfectos podían disfrutar de la agresividad de aquel silencio y calor. Dos niñas felices jugaban y reían intentando llamar mi atención, y un muchacho escribía cosas en la arena. Creí dormirme con el bochorno en algún momento y desperté con ellos junto a mí. Eran simplemente preciosos.

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El silencio y la calma sepulcrales tenían una explicación. A las 3 en punto de la tarde, diversos sonidos empezaron a sonar por el camino y me temí lo peor. Los niños no parecían extrañados; sabían de lo que se trataba. Una congregación de pobladores se presentó en el lugar, al bajar la marea, con intenciones de recoger todo aquello que se moviera en una gran extensión plana y rocosa descubierta por las aguas. Por lo que averigüé, pequeños moluscos, caracoles, y algunos otros extraños y pobres seres. Estaba tan perezoso que observé la invasión sin inmutarme, protegiendo la sagrada sombra que tenía por gracia divina.

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Tras la retirada de la procesión y un paseo solitario por la costa, la noche llegó y con ella una iluminación especial. Cada plataforma de pesca flotante, en la que colgarían cuerdas para el cultuvo de algún tipo de mejillones o algo así, tenía una brutal luz blanca para atraerlos. Así, el horizonte eran miles de estrellas fuertes alineadas en una barra horizontal. Otros tantos miles de motores locales, de esos de dos tiempos diesel que se usan aquí, se acercaron de vuelta a casa tras un día flotando. Los más tardíos, de madrugada.

Dormí feliz hasta que me desperté sobresaltado: una historia a parte.

* * *

Tal vez lo más bonito de Lombok fue el norte. Más cercano a sus montañas principales, desde cada playa tenía lomas verdes detrás ascendiendo al infinito. Pasé noches divinas sobre arenas finas y negras, viendo estrellas más nórdicas tras tanto tiempo. Pocos pobladores recuerdo en aquellas playas, que solo podía encontrar gracias a la libertad de la moto. Hombres silenciosos, búfalos, desembocaduras frescas donde pasar mi cuerpo por agua no salada cuando se me cerraban los ojos al final del día.

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Las nubes de Indonesia eran siempre un espectáculo. Era época de lluvias aunque no me molestó en absoluto, lluvias que hacían los ríos crecer por momentos y que, en la estrecha zona entre la costa y la pendiente del gran volcán Rinjani, ocasionaban abruptos saltos y cataratas de jungla donde también pasé alguna noche de energía vegetal colgado en la hamaca. Otra belleza que existe adentrándose en las alturas: ríos o riachuelos sanos y limpios que discurren entre un mundo verde.

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Y monos. Casi tantos como personas, a veces. Los monos en Indonesia están por todas partes y tienen actitudes completamente cómicas en sus salvajes intentos por hacerse con comida aprovechándose de sus ingenuos hermanos humanos. A veces junto a las carreteras, hay enormes grupos de monos que reciben comidas de los conductores.

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Con la misma actitud regalada de los monos viven los indonesios. Disfrutando, conscientes del paraíso en el que viven, perezosos, amedrantados por el calor y el aburrimiento, muchísimos hombres rurales pasan los días acomodados, siesteando, alimentándose de bananas, papayas, cocos y algún que otro pollo. Y tabaco.

Pero son adorables, insisto. No podía parar la moto sin recibir expectación, ahora que me metía en zonas profundas, e invitaciones a café, pastas o comidas. En sus brugas, o en sus humildes cabañas o casas de cemento, pasando tranquilamente los calores y los días en familia, parecen desear con fuerza que yo les visite y hable.

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Cada vez más, empecé a dormir en sus casas.

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