El mundo sin carreteras

0X Septiembre 2014

Estoy en el último barco, presumiblemente, que me transporta durante varios días por este mundo sin carreteras. Voy a llegar a Yurimaguas, en el Perú. Han sido, en total, meses de agua y selva. Un mundo en el que todo, absolutamente todo, es agua: el Amazonas no es sólo el río; es su cuenca. Lo he visto crecido y sus aguas inundan mucho más allá de las orillas que vemos, kilómetros y kilómetros de llanuras, lagos y bosque inundado. Mágicos bosques con vida por encima y por debajo del agua.

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Sus pobladores, por lo tanto, dependen de sus pequeñas embarcaciones como muchos de sus coches. Unas veces se embarcan en grandes botes de camino a ciudades donde aproviosionarse; otras, en lanchas para ir a por pan o a visitar a Fulanita. Mujeres y niños dominan el motor y los remos, faltaría más, y sus vidas transcurren apaciblemente en el límite entre el gas y el líquido.

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La pesca es obviamente el principal foco comercial para estas pequeñas familias. El resto de comestibles vienen de Manaos y son caros: nadie trabaja la tierra: el brasileño es perezoso. Muchas chabolas he visto con una plasma de 42» sin entender nada, hasta que me dijeron que el gobierno inyectaba plata a las familias de estas zonas, por las dificultades.

En muchos casos, los pueblos son poblados y los poblados aldeas, las aldeas, comunidades. Cuatro o cinco casas donde unas familias se ayudan unas a otras. Con su iglesia.

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En la parte más alta de Brasil empezaron a multiplicarse las casas flotantes. Casas sobre los troncos más inmensos que hay, a veces inclinadas, que suben y bajan con las crecidas a donde haga falta. Muchos barcos son casas flotantes: muchas casas son barcos flotantes que cambian de lugar cada año. Interesante?

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Manaos es la megaurbe y el mayor centro comercial del Amazonas. Aparatosa de más para este lugar, tiene un inmenso puerto, bien sucio, en el que paran y salen cada día cientos de barcos hacia arriba o abajo, de todos los tamaños. El teatro principal es su icono: un desafortunado edificio de la época de auge colonial para gente que quería traer la ópera más exquisita a la jungla más densa.

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Cerca de Manaos está el famoso encuentro de las aguas, donde se juntan pero respetan los ríos Solimoes y Negro, con aguas café con leche y negras respectivamente, que no se mezclan durante muchísimos kilómetros, hasta que acaban ganando las negras allá por no sé dónde.

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Dentro de los grandes barcos que llevan gente de arriba a abajo, la vida es curiosa y divertida. Todos colgamos nuestras hamacas en cualquier lugar donde haya hueco (y a veces no se encuentra ni uno) y así leemos, escribimos, dormimos y nos hacemos amigos de los vecinos que nos tocan, que a veces tenemos encima o con su codo en nuestra oreja. Los mosaicos de hamacas son un cuadro a todo color.

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Esperamos las horas de comer, con apetito, las comidas que nos sirven son buenas en Brasil y peores en Perú; tenemos duchas en baños sucios con agua del río pero que saben a gloria a ciertas horas; nos paseamos por los pisos buscando las mejores vistas; y en el bar, siempre en el piso de arriba, con terraza, a veces me permito unas galletitas. Los mosquitos no llegan a los barcos. A veces las orillas están a kilómetros, y siempre sopla un viento importante a bordo.
Echaré de menos estos barcos, sin duda.

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Ah… el Amazonas tiene cosas que jamás olvidaré.
Lo primero que me intrigó fueron unas nubes inmensas que ocupan medio cielo. Son únicas, no he visto nunca ninguna nube como éstas. Supongo que se forman por la intensa humedad de la zona. Pasé horas mirando e imaginando locuras en ellas.

Desembocadura Tapajós al Amazonas

Desembocadura Tapajós al Amazonas

Bajo Amazonas

Bajo Amazonas

También se daban uns tormentas repentinas fuertísimas, en el gran espacio del río el viento tenía espacio para correr y el agua caía torrencialmente. Acojonaba ver de pronto como todo desaparecía en el horizonte del río, se cubría de blanco, la lluvia parecía capaz de engullir a los barcos más grandes, que hasta parecían insignificantes a su lado.

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Y las puestas de sol, claro. O amaneceres. Con las nubes que se forman en este lugar, no había día vulgar.

Recuerdo perfectamente ser abordados por pequeñas lanchas gobernadas por niños! O por un padre y su hijo, que al ver el barco pasar por el pueblo, se lanzaban a vender lo que fuese y hacer el día. El mostrenco de proa enganchaba con un hierro nuestro barco y ataba su lancha a él con un majesuoso nudo en un segundo; el padre apagaba su motor y listo, abordaban. Muy admirables.

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Bajando, los barcos se mantienen en la mitad, donde hay más corriente. Subiendo, o «surcando» le llaman aquí, se pegan a las orillas, donde hay menos corriente. Ahí, otro entretenimiento era ver cuál era el árbol más grande de la zona, y comprobar si me podía hacer mi casa de los sueños en él o no.

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Muchos poblados del río, aburridos como ostras, se acercaban a vernos pasar, simplemente pasar. Pasar. No se movían y no parecían hablar mucho mientras nos observaban surcando las aguas. Otro día más para ellos, quizás es el único evento notable del día; quizás sepan qué día es por el barco que pasa.

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Algunos días amanecíamos con una neblina muy densa que daba una apariencia temible al río o nos obligaba a parar durante la noche. Se oían monos en la distancia y no apetecía desembarcar.

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Otros días había momentos de ‘ambientillo’. Todo el mundo se juntaba en el frente y aprovechábamos para conocernos o hablar. Salían amigos.

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Eventualmente, divisábamos nuestro destino, y para muchos era una alegría y se ponían a preparar.
Para mí, siempre era una pena que aquello se acabase.

1 comentario en “El mundo sin carreteras

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