y por la noche, se enciende

Otro regalo que puedo considerar de este cumpleaños que da tanta importancia a este viaje, sería bucear de noche.
La primera vez cayó así, sin esperarlo, por parte del centro de buceo que me tiene enganchado ahora cursando mis estudios para ser divemaster, un paso profesional en este mundo del buceo. Tuve a mucha gente en este centro cantándome cumpleaños feliz mientras sostenía en mis manos una tarta sorpresa de chocolate, un momento que dentro era tierno pero que por fuera lo exterioricé como si nada, pues nadie sabe lo importantes que son mis 33.

Fue casi nada más llegar, y la primera inmersión nocturna hizo que quedarme en la isla de Utila, una decisión dura por el tiempo que requiere y la inversión, tuviera más sentido.

Todos estábamos excitados por lo que nos esperaba… De noche, preparábamos nuestros equipos con comentarios sobre la bioluminescencia y la reproducción de los corales en este momento del año. El poco espacio a bordo hace que estemos muy cerca de los demás, y el salpicar de las olas no molesta mientras miramos las estrellas en el cielo negro, rumbo a nuestro destino nocturno.

Conozco a Laura, una canadiense muy agradable con ojazos, cuando me doy cuenta de que no tengo pareja en la inmersión, y acepta serlo. Nos ponemos de acuerdo y, ya en el agua, hacemos el chequeo previo de equipo. Mi ya gran colega Santi, al que se conoce también como Xpansul, el gran disc-jockey, es otro español afincado en la isla hace tiempo por amor y trabajo, y uno de los guías en esta expedición mágica; me gusta tenerle cerca esta noche, por nuestra complicidad por paisanos, y por las risas.

Nuestras linternas son potentes y tenemos que usarlas de una manera especial, para no molestar a los demás y para obtener el mejor resultado del buceo, también en cuanto a seguridad. Todos los gestos de comunicación submarina son invisibles en la negrura líquida, y hemos de apuntar a nuestras manos con luz al hacerlos.

Llega el momento de descender, y ya sólo veo chorros de luz de linternas por todas partes, una primera imagen impresionante de lo que es un buceo nocturno. Medusas pequeñas me pican en brazos y piernas, pero las perdono mientras las observo moverse en mi chorro de luz, ventoseando inútilmente por moverse tan lentamente en la inmensidad. Al llegar al fondo, he de apuntar hacia abajo, a las formaciones coralinas, para no tocarlas y establecer una buena flotabilidad neutra para comenzar a pasear sobre ellas. Laura y yo nos damos signos de OK entre sonrisas casi invisibles, sólo perceptibles en el achinamiento de los ojos a través de la máscara, con la escasa luz. Ella también está flipando.

Comenzamos a seguir a los guías, aunque la atención de mis ojos está completamente puesta en el entorno, en todas las criaturas impresionantes, feas y guapas, que salen de noche a pasear. Algunas que son casi transparentes, de la familia de las medusas, se encienden con tonos azules y verdes cuando les acerco la luz. Miro a lo lejos y veo muchísimos puntos estáticos verdes que nos observan: los ojos de ciertas gambas.

Se me cruza un calamar en el camino y lo persigo un poquito, lo justo para intimidarlo mientras se come un pequeño pececito que lleva entre los tentáculos, y se pone en posición vertical para encararme, mostrando aún más surrealismo en su ser, si se puede.

Millones de peces minúsculos, como gusanitos rojos de un centímetro de largo, se acercan a nuestras luces con obsesión, y si me apunto a la mano abierta, la gran reflexión de luz blanca hace que vengan más millones aún, haciendo que me quede atontado mientras los observo alrededor de mí, por todas partes, en una nube. Estoy tan embelesado que sólo las ráfagas de la linterna de Laura me hacen despertar, en un mensaje que interpreto como ‘vamos anda, colgao’. -Bueno, sólo tengo que iluminar mi mano para que vuelvan-, pensé.

A veces decido incrustar la linterna en mi pecho para no tener nada de luz y vivir el lugar más como es. Así, la bioluminescencia es más visible, e incluso puedo ver chorros de luz encendida cayendo y deshaciéndose en hilos que flotan cambiando entre un verde y un azul muy químicos: parecen ser las heces de otros peces grandes que previamente han comido plancton. Comen y defecan luz, estos muchachos.

En un momento de sincronización, encontramos una parcela de arena blanca en el fondo y, según lo acordado en superficie, nos posamos en ella haciendo un gran círculo, agarrados de los brazos, en el que nos pararemos unos minutos para disfrutar de la bioluminscencia, todos con las linternas contra el pecho para conseguir la oscuridad total.
La bioluminescencia es el fenómeno de la producción de luz de ciertos organismos vivos, consecuencia de una reacción química, en la cual una sustancia bioquímica, la luciferina, sufre una oxidación que es catalizada por el enzima luciferasa. Se trata de una conversión directa de la energía química en energía lumínica, y el plancton es el protagonista de esta operación.

Cualquier violencia en el medio, el agua, hace que estos microorganismos se iluminen, y moviendo rápidamente la mano como un tonto consigo crear alrededor de mí un aura formada por puntitos de plancton verde iluminados por segundos que se mueven rápidamente con mi meneo, y hasta hacen que se me vea englobado en un resplandor sagrado. Laura y yo estamos agarrados o mantenemos la oscuridad con una mano mientras movemos la otra graciosamente. La violencia no ha de ser tampoco terrible, pues al mirar arriba, encuentro otro espectáculo de la vida: todas nuestras burbujas, con su simple ascenso, crean el estrés suficiente como para que el plancton también se ilumine con ellas, haciendo columnas ascendentes plateadas, de luz pobre pero mágica.
Santi está cerca de mí, y no sé quién de los dos empezó antes a tararear una canción completamente tétrica, que a mí me salió del alma, para acompañar este momento tan oscuro y romper un semi-silencio (el mar está cargado de sonidos, y muy raros) que se antojaba demasiado tranquilo para la adrenalina de nuestros cuerpos. Demasiadas burbujas salieron de su regulador, lo que indicaba una carcajada corta, cauta.

Todo alrededor empezó a llenarse de puntos verdes flotando a todas las distancias: habíamos conseguido que nuestros ojos se acostumbraran a la oscuridad, y se ponía intenso por momentos. Finalmente, alguien, después de romper el círculo de paz y oscuridad, empezó a dar ráfagas circulares sobre el fondo marino, lo que indicaba que había encontrado algo: un impresionante pulpo pequeño, de color azul turquesa se movía de un lugar a otro con saltos que desplegaban toda la falda de sus tentáculos, y se llenaba y vaciaba de aire como un globo de agua, mientras mantenía sus ojos saltones atentos a nuestras luces.

Yo, aún apoyado en la arena, que ofrecía otro espectáculo que se escapa a mi entendimiento, al moverse sobre ella peces diminutos invisibles, ví que iluminaban, en otro lugar, una manta-raya pequeña que se movía a mi nivel, y que perseguí un rato con mi chorro de luz para ver cómo intentaba cubrirse de arena ante tanto intruso.

Una medusa inofensiva se comía tres gusanitos de esos rojos que mi luz atraía, y se les veía moverse nerviosos, aceptando su destino, en la transparencia de su depredador. Una vez más oculto mi luz, y así puedo ver la gran actividad lumínica del fondo del mar; ahora, miles de peces pequeños, de unos 5 o 6 centímetros, se mueven alrededor, por todas partes. Sus dorsales son de esos nacarados, blancos, y al moverse reflejan otras linternas, haciendo un efecto encadenado y progresivo de reflexiones. ¡Halá la madre que los parió! Y si abro mi luz, se me acercan y me dan mordisquitos en los brazos y hasta en la cara!

No sé, podría estar así horas, cada buceo nocturno genera más sensaciones de viaje mental, es como una droga, y además dura.

No me quiero ir -obvio- pero ya toca. Después de un ascenso bien organizado, se merece una mención especial el negro cielo estrellado que nos esperaba arriba, y a bordo, comentando la jugada con Laura y Santi: les dejé saber que acababa de ver algo de lo más impresionante de mi vida, y sin pararme a pensar en lo bien que empezaban mis 33, me entretuve con las estrellas sin que nadie viera mi cara.

6 comentarios en “y por la noche, se enciende

  1. Hola!!! despues de pasar el domingo viajando contigo, decirte que eres una terapia para los que estamos pasando el crudo invierno zamorano.
    Exprime la vida y este viaje al máximo y no dejes de contárnoslo, es un regalazo poder leer tus esperiencias. Un abrazo enorme, felicidades, 33 años y viviendo una esperiencia única, tu si que sabes vivir.
    Un abrazo de Jose y Juan, nos encanta todo lo que cuentas,las fotos, los sonidos…

  2. Hola Dani, después de algún tiempo sin abrir tu web, me he vuelto a encontrar con tus aventuras viajeras tan sorprendentes para quienes viajamos unas pocas semanas al año. La verdad es que tengo una sana envidia por lo que haces, y espero que pronto podamos verte para darte un abrazo y escuchar en directo todas las cosas que estás viviendo. Cuídate mucho y sigue por este periplo centroamericano conociendo lugares y personas sorprendentes. Nosotros te seguiremos desde el blog y así nos harás partícipes de tu aventura. Ah, y feliz cumpleaños.
    Juan Muriel

      • Espero que no sea una inocentada del día 28, ya sabes…je je. Por supuesto que me encantará escuchar tus aventuras por esos lugares tan especiales que estás recorriendo, y que no sea tardando mucho (bueno, esto último es un deseo, pero si estás a gusto, que dure lo que haga falta)
        Un abrazo y muy feliz 2014, Dani. :D
        Juan

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